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  • La buena educación
  • (Notas críticas acerca de la herencia y actualidad de la arquitectura uruguaya contemporánea)

    La desaparición mediática de la arquitectura uruguaya (una introducción especulada)
    Un observador atento descubriría con facilidad que el interés de la escena arquitectónica global acerca de la arquitectura latinoamericana se enfoca preferentemente en dos ámbitos bien diferenciados: la arquitectura gourmet y la arquitectura específico-experimental. El primero de ellos lo constituyen el grupo de obras de aquellos arquitectos, que, por su situación relacional trabajan para una élite dentro de las sociedades latinoamericanas, y que, gracias a su notable capacidad sensible, enmarcan su trabajo dentro de una categoría estética de descriptores globales, en cuanto a criterios de diseño, tecnologías utilizadas, temáticas y programáticas preferentes. Estas obras son, en general, casas de playa en lugares idílicos, centros de enseñanza o de ocio de carácter exclusivo, espacios para la religión, la cultura, etc. Obras que, a pesar de estar ubicadas en América, podrían estarlo en Europa, Norteamérica, o hasta en Oriente, ya que sus tecnologías y materiales son extraídos de catálogos de distribución global. Asimismo estos arquitectos son, en general, individuos egresados de costosas universidades privadas, con también costosos posgrados en prestigiosas universidades a nivel mundial.
    El segundo ámbito mencionado, lo constituyen arquitecturas que se piensan desde la exploración de especificidades locales. Arquitecturas que asumen desarrollarse al interior de organizaciones materiales menos avanzadas, intentando incorporar entornos más modestos, y materializarse desde estéticas austeras y procesos creativos experimentales.
    Es en este dualidad de intereses que Uruguay no ha existido en los registros panorámicos de la arquitectura latinoamericana contemporánea, tanto en los realizados por las diferentes editoriales con base en Europa, como en los desarrollados por sus filiales regionales. Pero, ¿cuáles pueden ser las razones profundas para esta extraña desaparición?
    Arriesgaremos aquí una serie de claves posibles, de condiciones de la actualidad y del entorno disciplinar nacional, que podrían explicar estas ausencias. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que estas claves de decodificación operan en general entrelazadas, constituyendo un continuum difícil de aislar, un único cuerpo compuesto por una serie infinita de capilares, que las relacionan en sistemas de causa-efecto. Debe entenderse también, que como toda hipótesis preliminar, posee un grado importante de subjetivismo, que esta además acentuado por la posible falta de perspectiva que da la pertenencia al ámbito que se pretende decodificar. Asumiendo este doble riesgo, intentaremos presentar una radiografía genérica del profesional uruguayo vigente, con sus virtudes y debilidades, para luego especular acerca de las alternativas de futuros posibles.

    Parte 1: La realidad local. Un estado de situación:
    Pueblo chico - infierno grande

    En silencio, sin alterar su constante clima de calma, Uruguay ha procesado en las últimas décadas profundas transformaciones en el ámbito regional. Con índices de crecimiento vegetativo similares a los del primer mundo, e intensas oleadas migratorias vinculadas a ciclos económicos recesivos, la población uruguaya ha estado estancada en cantidad, aunque cambiando hacia un marcado empobrecimiento económico y cultural, por los pasados treinta años. La capital del país, Montevideo, era hace relativamente poco, la segunda ciudad de la región. Hoy es apenas la séptima.
    Hablando entonces en términos relativos, podemos afirmar que el Uruguay se ha achicado violentamente, con la consecuente caída en su dinámica económica, tanto real como comparada. Naturalmente, esto ha influido a la baja en la demanda de arquitecturas. Y con la caída en dicha demanda, también ha caído la diversidad y riqueza de los productos arquitectónicos generados. El por qué de esta situación se puede rastrear en una doble condición. La arista más sencilla de esta dualidad es a la vez la más racional de ambas: la reducción del riesgo. Siendo el cliente un bien tan escaso no se puede arriesgar su pérdida, con lo cual el arquitecto se ha habituado a las concesiones, tanto económicas como estético – proyectuales, en un falso entendimiento de lo que constituye la negociación.
    La segunda arista es seguramente más perversa, a la vez que menos reconocida. La situación nombrada ha exacerbado el provincianismo, y con este, el control social. La arquitectura, como todas las disciplinas cuyo producto final es una cuestión material y de pública apreciación, induce a la confrontación de resultados. Así, por ejemplo los veterinarios o los dentistas no estilan confrontar sus productos, pero los arquitectos si comparan las obras que proyectan y/o construyen. Esta condición, en cierta medida natural, ha sido exacerbada por la pequeña escala, tanto real como relativa, de la escena arquitectónica nacional. Al interior de la disciplina se han estigmatizado la visibilidad pública y la popularidad, produciendo en muchos casos una confusión que traslada la crítica a la producción hacia la crítica a la persona, ocasionalmente en el crítico, fundamentalmente en el criticado.
    Pero la peor parte de esta sobreexposición es que ha provocado en los profesionales actuantes dos reacciones contrapuestas, que podríamos denominar de manera preliminar como el “pánico a la banalidad” y el “ocultamiento de las diferencias”. Muchos profesionales han tendido a sobreproteger, a sobremeditar la práctica, perdiendo en esa ralentización buena parte de la frescura de actuar, y prefiriendo finalmente las soluciones que minimizan el riesgo.
    Otros, algunos de los menos capaces, se han estancado en una especie de “doble discurso” o “doble moral”, marcada por la crítica encubierta, feroz en la esfera privada e inexistente en la esfera pública. Como consecuencia de esta abundancia de susurros y de esta ausencia de debate público, todo está permitido, todo desmán escapa impune, toda avaricia es olvidada.

    M´hijo el dotor
    Uruguay tiene una rica historia de conquistas sociales de la cual debe sentirse orgulloso. Fue uno de los primeros países en el mundo en legislar acerca del voto universal, el divorcio por sola voluntad de la mujer, el límite máximo de trabajo diario, etc. Estas conquistas, vinculadas fuertemente con la filosofía propia del Batllismo, han marcado hondamente a la sociedad uruguaya. Entre las principales herencias de esta moral Batllista se encuentra la vinculada a la educación laica, gratuita y obligatoria. Esta condición, cuya vigencia sigue siendo orgullo para el país, ha permitido germinar, con el tiempo un proceso complementario, un desolador efecto perverso.
    El imaginario colectivo del idílico acceso a una educación terciaria, conjuntamente con la inercia educativa de un país que no se ha revelado capaz de incorporar alternativas eficaces y atractivas de educación técnica y títulos intermedios, ha generado un exceso de egresados en la mayoría de las profesiones tradicionalmente convalidadas. En la arquitectura específicamente, Uruguay ostenta el tercer lugar en el mundo en porcentaje de arquitectos per cápita.
    Esta condición, lejos de fomentar una mayor dinámica cultural que construya una arquitectura nacional de excepción, ha terminado por derivar hacia una desvalorización generalizada del conocimiento disciplinar. Desde lo técnico, un pequeñísimo porcentaje de lo construido involucra a arquitectos, entendiéndose esta opción, en muchos casos, como una que redunda únicamente en el encarecimiento de la obra. Desde lo cultural, el estado de situación es aún peor. La arquitectura es, a ojos del público, y pese a lo antedicho, una disciplina práctica, sin componentes artísticos.
    El poco status cultural de la arquitectura se evidencia a través de múltiples registros, de los cuales ejemplificaremos algunos casos aislados. Uno lo constituye la estructura de los Fondos Concursables, del Ministerio de Educación y Cultura. Estos fondos, destinados a fomentar proyectos de carácter cultural y de aspecto inclusivo convocan a más de una treintena de disciplinas, incluyendo algunas ciertamente postergadas en el país, como el relato gráfico, la danza, las artes escénicas. La arquitectura y sus disciplinas relacionadas no tienen una sola mención en estas convocatorias, habiéndose filtrado en algún caso, oculta dentro de categorías más vagas, como el ensayo o la investigación. La segunda de estas evidencias es la facilidad con que se le infringen, en el Uruguay, todo tipo de despojos al patrimonio arquitectónico, a pesar de estar esta cuestión incorporada a la reflexión disciplinar desde hace muchísimo tiempo. Es imposible no sentir escalofríos luego de ver el vejamen perpetrado a la Solana del Mar, obra paradigmática de Antonio Bonet y de la arquitectura moderna en el Uruguay, a pesar de la llamada de atención y la campaña de protección mediática desplegada oportunamente por cierto grupo de arquitectos nacionales.

    La generación perdida
    Pero la historia reciente del país esta también signada por cuestiones más concretas que la permanencia de ciertas costumbres y derechos, y la desaceleración y estancamiento de la dinámica poblacional. Los últimos cuarenta años del país han sido marcados a fuego por una dictadura infame, cuyas heridas permanecen aun vigentes. Esto, naturalmente, no podía pasar lateralmente a la disciplina, sin generar daños y derivaciones variadas. Sin embargo, para entender cabalmente sus consecuencias, resulta necesario ver el proceso de manera amplia, incluyendo una forma de leer la realidad que se construye con anterioridad a los hechos, la oscuridad de los hechos en si, y las condiciones de la reestructuración de la “normalidad”. Excede nuestra capacidad, y la función de estas líneas, el estudio de un tópico socio-cultural tan serio y de tan variadas facetas, pero igualmente nos permitiremos un par de apuntes acerca de dos de las consecuencias más visibles de este proceso al interior de la práctica disciplinar.
    La primera la constituye lo que podríamos catalogar como el “stand by disciplinar”. Durante más de una década, muchas de las figuras centrales para la reflexión disciplinar se encontraron postergadas, y el intercambio de ideas, bajo vigilancia. Mal puede evolucionar un campo disciplinar en estas condiciones, y el nuestro no lo hizo demasiado. Al salir de la dictadura, la arquitectura se vio en la necesidad de recuperar el campo perdido. Al igual que los arquitectos, muchos de los cuales volvieron para reclamar un sitial que les había sido usurpado. Así, toda una generación que, de haber evolucionado normalmente, debía estar desempeñando otras tareas, posiblemente de mayor responsabilidad, regresó para ocupar los puestos que se le habían arrebatado quince años atrás. Esto generó un envejecimiento relativo en el acceso a los cargos públicos, académicos, a los espacios de formación, y, en las generaciones menores, cierta sensación de impotencia y postergación.
    Pero esta no es, aunque quizás sea la más traumática, la consecuencia más determinante de este proceso. Sino el perfil de parte de ese grupo de profesionales, que había sido formado en la disciplina como un ámbito marcado indistintamente por la política y la cultura. Muchos de ellos, por íntima convicción o por ausencia de otras alternativas, eligieron la convalidación al interior de la disciplina desde la política. Estos profesionales se habituaron a utilizar como medio de trabajo y de decisión, preferentemente, los métodos de la política, y no los métodos de la cultura, lo que derivó en la consecuente caída en el nivel de reflexión y creación intradisciplinar. Estos métodos han derivado también, en la formalización de recintos de poder (en el ámbito público, académico, cultural, político, etc.), custodiados por tácitos acuerdos interpersonales de aquellos que se han “ganado” el derecho a pertenecer (a la academia, a lo público, incluso a la izquierda), por estar en un lugar y en un tiempo, y juzgan antojadizamente los méritos y capacidades de los “extraños”.

    Parte 2: La práctica disciplinar y académica
    Trastorno bipolar

    La arquitectura uruguaya se debate hoy entre dos posturas, en cierta medida contrapuestas: una vinculada al grueso de la producción material, y otra vinculada a escasos ejemplos sui generis y el corpus de la producción académica. La primera, de características pragmáticas, está representada mayormente por arquitectos que no incorporan en su accionar profesional inquietudes culturales, inclusive podría decirse, preocupaciones estéticas. Este grupo, conformado por los principales hacedores de arquitectura, la gran mayoría de los desarrolladores privados y los gerenciadores de la construcción, centran su interés estrictamente, en la condición de mercancía del objeto arquitectónico.
    En el extremo opuesto se encuentran dos grupos de profesionales: un número bastante acotado de profesionales liberales que intentan desarrollar una producción de nivel estético satisfactorio, y los formadores de profesionales, aquellos que desarrollan su actividad estrictamente dentro del escenario académico, y aquellos que, si bien forman parte de este escenario, se debaten constantemente por ingresar o mantener su nicho de actividad dentro del mercado de lo construido.
    Si bien esta es una situación de larga data en la arquitectura nacional, hasta hace algunas décadas era natural que, ocasionalmente, algún individuo operara como nexo entre ambos mundos, ya sea moviéndose desde la academia a la práctica profesional de cierto porte, o viceversa. El método para el primero de estos movimientos era, en general, el éxito en el concurso de arquitectura, mientras que el del segundo era la competencia notoria, el reconocimiento que en ocasiones se daba a ciertos arquitectos de vastas trayectorias construidas.
    En las últimas décadas estos ámbitos han ido acentuando su característica de compartimento estanco, y repeliendo las posibilidades de contacto entre si. Quizás un suceso que sea tendencialmente determinante para la exacerbación de este proceso, haya sido la creación de universidades privadas que enuncian de manera explícita su carácter puramente profesionalista. Parecería ser que, en un futuro, estos mundos ni siquiera estarán cercanos durante el proceso de formación del arquitecto.

    Sin mecenas (Mme. Savoye ha muerto)
    (Las limitaciones locales al formato gourmet)

    Quizás sea fruto de un carácter pueblerino, reacio a la ostentación. Quizás simplemente una forma de ser interpersonal, vinculada a una estructura societal que se ha vuelto conservadora. Quizás refiera a cuestiones prácticas: una industria de la construcción pequeña y poco diversificada, una herencia de constructores calificados vinculados a la inmigración, etc.
    Lo indudable es que en el país no existe, especialmente en las clases acomodadas, que son las destinatarias naturales de este formato de arquitectura, una cultura del diseño. Dicho de otro modo, el diseño arquitectónico de vanguardia no es apetecible como imagen, como representación del poder. Esta representatividad ha migrado quizás a objetos de consumo más efímeros, como la vestimenta, el celular, la computadora portátil, o en última instancia, el automóvil. En los objetos inmuebles, aparentemente, dicha representatividad se vincula más a cuestiones anexas, en cierta forma, a los amenities de la vivienda: el jardín, la piscina, la barbacoa, el gimnasio, etc.
    En una espiral de causas y efectos esto se relaciona con la ausencia de arquitectos “de marca” que desarrollen arquitectura “culta”, mientras si los hay haciendo arquitecturas que podríamos denominar “de estilo”. Así, los barrios privados están cubiertos de casas “californianas”, de clásicos chalets de referencias “europeas” o, en el mejor de los casos, de una versión edulcorada (de tevé cable) de una arquitectura que se pretende “minimal” o “moderna”.
    La arquitectura gourmet puede, en el Uruguay, ser considerada una rareza, circunscripta a las viviendas propias de ciertos arquitectos en cierta medida exitosos, y sus círculos familiares o de amistades. Esto evidentemente, por una simple fórmula matemática, conspira fuertemente contra la recurrencia de ejemplos de excelencia.

    De la Suiza de América a la Maldición de Malinche
    (Las limitaciones al formato específico-experimental)

    "Los mexicanos descienden de los aztecas,
    los peruanos descienden de los incas,
    y los argentinos descienden de los barcos."
    Octavio Paz.


    Seguramente Paz aplicó este slogan a los argentinos por extensión de los porteños, o de manera amplia, de los rioplatenses. La sociedad uruguaya, marcada por la vergüenza del histórico exterminio de los pueblos nativos, parece mucho más adecuada para este enunciado, que una Argentina en la cual todavía viven y se reconocen multitud de descendientes de los pueblos originarios. Pero en realidad, Paz debió estar pensando mucho más en las continuas oleadas migratorias posteriores a la colonia, que poblaron ambos países, y en especial, sus capitales. Oleadas de inmigrantes de todos los confines del “viejo continente”, fundamentalmente españoles e italianos, pero también franceses, alemanes, rusos, polacos. Así, Uruguay se habituó a mirarse como “natural” espejo de Europa, a sentirse como una pequeña isla que se hubo desprendido de aquel continente para encallar en un territorio lejano y extraño.
    En particular, los años de bonanza vinculados al período de entreguerras y al inmediatamente posterior, construyeron el mito de “la Suiza de América”, un país neutral, culto, desarrollado y “mesa de pruebas” de las más intensas y variadas expresiones de la modernidad. Más allá del nivel heterogéneo de las obras arquitectónicas, los profesionales uruguayos proyectaban y construían edificios que constituían alter egos de aquellos pertenecientes a la vanguardia francesa, holandesa y alemana, con los cuáles tenían contacto a través de las prestigiosas revistas del “viejo mundo”. Si bien la información viajaba a velocidad de barco, el sentido de pertenencia de los profesionales locales para con aquel continente lejano, permitía que lo encontrado en aquellas publicaciones fuera apropiado de manera inmediata, casi sin alteraciones. Como consecuencia, para un observador externo, la característica más llamativa de muchas de estas obras no lo constituye su buena factura, sino su pasmosa contemporaneidad. Pero las décadas siguientes procesarían una dramática separación de las realidades europeas y rioplatenses. La rápida recuperación de las naciones centrales luego de las grandes guerras, y el consecuente estancamiento de nuestro país por la imposibilidad de localizar comodities, marcarían la caída de una economía hasta entonces fulgurante, que se había acostumbrado a estándares altísimos de producción, basados en una especialización productiva vinculada a las materias primas agropecuarias y una incipiente industria manufacturera.
    Sin embargo, aunque progresivamente más empañado, el espejo siguió siendo el lugar preferido donde mirarse para los arquitectos nacionales. Los proyectos continuaron intentando replicar las creaciones que nos llegaban de esa patria culturalmente central, intentando calcar estéticas, materialidades, a pesar de las diferencias de presupuestos, tecnologías y materiales disponibles.
    La nueva condición relacional, combinada con la permanencia de esta visión absolutamente eurocéntrica de la disciplina generó, con el transcurso del tiempo, un par de consecuencias perversas (¿complementarias?), que funcionaron entrelazadas, y que, si bien existían con anterioridad, se hicieron fuertemente visibles hacia finales del siglo pasado a través de distintos “modos de hacer”.
    Por un lado, cierto grupo de profesionales locales siguieron fieles a esta lógica de intentar reflejar lo que entendían “buena arquitectura”, aquella que constituía la arquitectura “de su tiempo”. Con el agravante de que este tiempo, con la aceleración en el acceso a la información (o, de manera genérica, la aceleración de la historia), era cada vez más leve y menos duradero. Este efecto generó (en los profesionales menos reflexivos), una transformación inconsciente del “espíritu de lo nuevo” en el “espíritu de la novedad”, con ciclos de enamoramiento y abandono de estéticas y referencias extremadamente cortos, y la consecuente, para algunos, “banalización” del producto arquitectónico.
    En el extremo opuesto, otros optaron por refugiarse en una pretendida arquitectura “de su lugar”, idealizando por momentos la arquitectura uruguaya como una amalgama de las arquitecturas convalidadas por el tiempo.
    Las arquitecturas tributarias de esta aparente “identidad” eran la modernidad clásica, la posterior “arquitectura del ladrillo” y un cierto porcentaje (una pizca, en idioma culinario) de arquitecturas à la mode. Se asumió, como práctica corriente para la selección de estas últimas, un cierto delay de seguridad, y la imitación por transitiva, utilizando al primer grupo como moderador, aunque siempre sin citar referencias, costumbre bastante extendida en una especie de situación pre-científica del medio.
    Como se puede observar, por diferentes razones, ninguno de los grupos ofrecía lugar para la arquitectura específico-experimental. Así, lo experimental en arquitectura llegó, hasta hace muy poco, únicamente desde fuera de la disciplina. La referencia obvia es la obra del Ing. Eladio Dieste, cuyas arquitecturas en cerámica armada son ampliamente conocidas en el mundo entero. Pero también es justicia destacar, entendiendo lo experimental como externalidad al diseño, la experiencia de gestión y desarrollo de las cooperativas de vivienda, que han sido las grandes generadoras de ciudad de los últimos treinta años.

    Conclusión preliminar
    Lo que ha quedado: la buena educación

    Las particularidades que hemos descrito provisoriamente han engendrado un modo de hacer arquitectura bastante peculiar y llamativamente homogéneo. También una arquitectura que, más allá de infinitesimales matices personales, es absolutamente hegemónica al interior de la escena disciplinar local. Intentaremos a continuación hacer una semblanza de las cualidades específicas de esta que llamaremos arquitectura de la buena educación, reservando para el siguiente apartado sus posibles evoluciones hacia una práctica más abierta y menos esquemática.
    La arquitectura de la buena educación, y de aquí su denominación, es arquitectura de la corrección. Una arquitectura que se ha propuesto ser inobjetable, por lo que cualquier acercamiento parcial, sea conceptual, tectónico, fenomenológico, es perseguido, así como cualquier irreverencia o ironía es castigada. Todo el tiempo dedicado a esta arquitectura es tiempo dedicado a la concreción de su profesionalismo extremo.
    La arquitectura de la buena educación es arquitectura moderna apenas evolucionada. Si bien en algunos casos la materialidad, las soluciones técnicas, pretenden mostrarse más aggiornadas, los procesos de generación, desarrollo y comunicación final de la arquitectura son los propios de la modernidad histórica. Con un agravante, han perdido el sano riesgo implícito de la vanguardia.
    La arquitectura de la buena educación es una arquitectura que confía únicamente en el diseño en sí mismo como motor generador del proyecto arquitectónico. Así, en lugar de conceptos o metáforas que puedan ser anteriores al proyecto, refiere su surgimiento a “ideas-fuerza” o “partidos”, cuestiones estas que refieren respectivamente, a un acto de inspiración y una simple opción volumétrica, planimétrica o funcional, en cierta medida, las partes constitutivas del proyecto moderno.
    La arquitectura de la buena educación posee la extendida creencia de que su verdad se encuentra mucho más en la planta, el alzado, la imagen; que en el relato, el argumento que da lugar y desarrolla el objeto arquitectónico. Así, el diseño es una vez más la herramienta única de trabajo, y la diagramática una cuestión que se adiciona al proyecto en sus instancias de comunicación.
    La arquitectura de la buena educación es una arquitectura muda, que renuncia a explicarse a si misma mediante palabras. Quizás el ejemplo más visible de este carácter reside en el término “memoria”, con el cuál se describe el texto en el que se expresan las voluntades del proyecto. La idea de “memoria” refiere a algo que se realiza a posteriori, como lo dice la palabra, rememorando la manera en que se llegó a un destino, lo que le confiere al azar una importancia temible. Pero además, mediante su colocación en el extremo final del proceso, asume su casi nula importancia, condición que se ve refrendada en general por las condiciones de su elaboración. Esto deriva en proyectos sin teoría, proyectos comunicados mediante una sucesión de ideas genéricas, que no han podido siquiera articularse entre si por verbos conjugados.
    Para la arquitectura de la buena educación, la comunicación final admite el realismo casi como la única expresión posible. El cambio de los medios analógicos a los digitales ha cambiado las expresiones, pero no los objetivos. Estos son ofrecer una visión, lo más perfecta posible, del objeto terminado. Así, se privilegia siempre un cierto profesionalismo gráfico frente a una reflexión más elaborada acerca de la relación entre el proyecto y su comunicación y la posible exploración de una estética particular.

    Reflexiones finales y puerta de emergencia
    De Maracaná a Sudáfrica

    Sin embargo, nos negamos a aceptar que la arquitectura uruguaya sea únicamente la arquitectura de la buena educación. La arquitectura uruguaya posee una serie de atributos que la pueden transformar en un ejemplo de excepción a nivel regional. El primero de estos atributos es, paradójicamente, la buena educación, entendida literalmente.
    La formación profesional en el país, de las mejores a nivel continental, es singularmente amplia. Amplia porque es a la vez humanista y técnico-habilitante. Porque es multiescalar y multipropósito, pero fundamentalmente, porque mantiene un excelente nivel de performance en todos estos descriptores.
    Pero a la vez, posee un carácter mítico que les brinda a los profesionales egresados una cierta tendencia al sacrificio (¿garra charrúa?), una particular dedicación al trabajo en pos de un objetivo, que constituye la cara positiva del profesionalismo antes descrito. Esta sumatoria de características parece ser central en un contexto de apertura regional como el vigente, donde la ya antiguamente postulada “globalización de los encargos” parece comenzar a alcanzarnos.
    Ciertas emergencias parecen estar involucrando al Uruguay para configurar un mismo desafío que está revelando diferentes acercamientos y actitudes, que intentaremos resumir a continuación en dos grandes familias, la de actuación estrictamente local y la de actuación local-global, en sus distintas variantes.
    Dentro de la primera familia se reconocen dos alternativas de destaque. La primera de estas facetas es la incipiente aparición de pequeños entrepreneurs dedicados a la arquitectura “culta”. Desarrolladores que apuntan a nichos de mercado bastante específicos, con cuidadosas opciones de localización, tamaño (siempre acotado) y perfil de emprendimiento; algunos de los cuales están consiguiendo establecer una marca de cierto renombre. La segunda de estas caras la constituyen los profesionales que han aprendido a hurgar en las oportunidades y nichos de lo local asociados a la obra pública, tanto con fondos centrales y/o comunales, como con fondos vinculados a la cooperación internacional. Muchos de estos, peor relacionados con el capital que los primeros, han construido su accionar desde la confrontación de propuestas y la negociación con los representantes del Estado.
    Dentro de la segunda familia se destacan dos formatos diferentes de profesionales: los profesionales residentes, o sea aquellos que han construido los lazos necesarios que les permiten trabajar para el exterior desde el medio local, y los profesionales visitantes, aquellos que, aún viviendo en el exterior, articulan un diferencial del proceso de producción vinculado al ámbito local. Pero hay además una tercera práctica, que es presumiblemente la de mayor crecimiento relativo. La asociación regional es esa otra de las prácticas innovadoras para ciertos estudios profesionales, que han sabido usufructuar las ventajas comparativas de la formación antedicha, sumada a cierta disponibilidad de mano de obra “en formación”, que por su edad y calificación, compite de igual a igual con profesionales recién egresados de la región.
    Se plantea aquí como hipótesis que estas modificaciones que se están procesando responden a un cierto recambio generacional. Más precisamente al ascenso de una generación del optimismo o, como la bautizara Gonzalo Curbelo, la generación desvelada. Acuñamos aquí y preferimos la primera denominación porque hace énfasis en su característica diferencial, un optimismo expansivo, que no parte de la negación u ocultamiento de los problemas vigentes, sino que los reconoce como base de una nueva forma de hacer, desprejuiciada y colectivista. Una generación que no admite renunciar a la crítica, a pesar de reconocer sus deudas con otras anteriores. Una generación que, en definitiva, reconoce el peso de su historia, su Maracaná, no como inhibidor, sino como plataforma de lanzamiento para nuevos desafíos, para posibles Sudáfricas.

    Desambiguación (sólo para Uruguay)
    Quien haya leído atentamente, entenderá por que nos es necesario aclarar que nos sentimos interiores a este colectivo que se relata, con sus virtudes y sus miserias, y no ha sido la intención de este texto discriminar “bandos”, sino reflexionar de manera provisional acerca de una actualidad de la disciplina, sobre la que existen hoy, pocos acercamientos críticos.
    “M´hijo el dotor” es la primera obra teatral de Florencio Sánchez (Montevideo, 1875, Milán, 1910) dramaturgo y periodista, uruguayo, cuya producción y herencia artística se desarrolla en ambas orillas del Río de la Plata. Es un drama en tres actos, estrenado en el teatro Comedia de Buenos Aires, el 13 de Agosto de 1903. En el presente texto se utiliza este título en referencia, más que al argumento propiamente dicho, al entorno societal generado a partir de la época que este narra y sus consecuencias actuales. Fuente: varias en línea. José Batlle y Ordóñez (Montevideo, 1856-1929), político y periodista uruguayo, Presidente de la República por dos períodos (1903-1907 / 1911-1915). Fue hijo del también presidente Lorenzo Batlle y de Amalia Ordóñez, y bisnieto de inmigrantes catalanes oriundos de Sitges. Durante sus presidencias hubo importantes aportes a los derechos laborales de los trabajadores. Se prohibió el trabajo de menores de 13 años, se restringió la jornada a los menores de 19, se impuso el descanso obligatorio de un día cada siete, un máximo de 48 horas semanales de trabajo, y de 8 horas por jornada. Se dispuso que la mujer contara con 40 días de descanso en el período de embarazo. También se creó una ley de pago de indemnizaciones por accidentes de trabajo. Se estableció la indemnización por despido dependiendo de la cantidad de años trabajados. Se aprobó una pensión a la vejez que podían utilizar todas las personas mayores de 65 años y de cualquier edad en caso de invalidez absoluta, que se encontrara en la indigencia. Se creó la ley de divorcio, donde se incluía la sola voluntad de la mujer (1917). Se produjo la secularización de actos públicos, y la consecuente división entre Iglesia y Estado. En lo que se refiere a la actividad económica del Estado (estatización y nacionalización), se estableció como principio ideológico que los servicios públicos esenciales debían estar en manos del Estado, ya que éste era el organismo representativo de todas las clases sociales, y estaba por encima de sus disputas. El Estado debía intervenir donde el capital privado fuera indeciso o temiera perder dinero, porque no estaba guiado por el afán de lucro sino de servicio público; sustituyendo a las empresas extranjeras que se llevaban la ganancia fuera de fronteras. Fuente: varias en línea. Se utiliza aquí este concepto de “moral Batllista” como atajo a una explicación bastante más engorrosa y poco adecuada para este texto, si bien, estrictamente, varias de estas conquistas no están vinculadas directamente a la figura de Batlle y Ordóñez. Como referencia, Uruguay fue la segunda nación del mundo que, siguiendo los postulados de José Pedro Varela (Montevideo, 1845-1879, sociólogo, periodista y político uruguayo), estableció por ley un sistema educativo laico, gratuito y obligatorio (1877), y posteriormente, una de las primeras en establecer el derecho del sufragio femenino (1927 y 1938, para elecciones locales y nacionales respectivamente), si bien las presidencias de Batlle y Ordóñez se intercalan a estos eventos. A finales del siglo XIX el país había completado su organización y durante la era Batllista (véase nota anterior) consolidó su democracia y alcanzó altos niveles de bienestar, equiparables a los europeos. Debido a esto, Uruguay comenzó a ser conocido internacionalmente como "la Suiza de América". Fuente: varias en línea. La Malinche (Malinalli Tenépatl) fue una mujer, presumiblemente hija de nobles de la alta sociedad mexica, que fuera entregada como botín de guerra a los caciques de Tabasco primero, y posteriormente por estos, al colonizador Hernán Cortés, por idéntica razón. Siendo su esclava y/o querida, la Malinche realizó para Cortés tareas de intérprete, facilitadora, y asesora acerca de las costumbres sociales y militares de los nativos, siendo fundamental durante la primera etapa de la conquista de México. En la historia de este país se ha convertido en símbolo del nativo seducido y abandonado, dando lugar al término “malinchismo”, con el que se conoce la actitud de entrega inmeditada a las cuestiones foráneas y la incapacidad de valorar lo propio. El título hace referencia a la canción de Gabino Palomares, que trata de este tema, y que fuera ampliamente versionada y difundida en el Uruguay, en especial al interior de la cultura “de izquierda” local. Fuente: varias en línea. Más allá de las demandas de asociaciones civiles que reclaman su descendencia de los pueblos nativos, es común admitir que el grueso de la población indígena fue exiliada o eliminada durante los primeros años de la República. El más sonado de estos eventos es la Matanza de Salsipuedes, acaecida en abril de 1831, y seguramente, el personaje más vinculado a estos desmanes es Bernabé Rivera (Durazno, 1795 – Yacaré Cururú, 1832), sobrino y “mano derecha” del primer presidente constitucional, Fructuoso Rivera. Los detalles de estos sucesos están novelados de manera excelente en el libro “¡Bernabé, Bernabé!” de Tomas de Mattos.
    Es necesario aclarar que los apartados finales referirán a la arquitectura “culta”, que como ya explicáramos, constituye sólo un porcentaje menor de lo producido materialmente.
    No parece tener demasiado sentido, dentro de un país con “cultura futbolística” explicar a que se refiere aquí por Maracaná. Sin embargo, en honor al posible lector desprevenido y/o no iniciado, diremos que se hace referencia a la final del campeonato mundial de fútbol de 1950, que se disputara en el estadio del mismo nombre, y que fuera ganada “de atrás” por el equipo uruguayo. Este suceso es entendido generalmente como la mayor hazaña de la historia del fútbol mundial, y como evento mítico representativo de un Uruguay de excepción.
    “(…) ejemplo de un espíritu generacional dentro del que se podría incluir la obra de Stoll-Rebella y los cineastas reunidos alrededor de Control Z, pero también a la nueva camada de militantes políticos y a los trabajadores jóvenes especializados en nuevas profesiones. Una generación que fue calificada como la del “se puede”, en contraposición a la negatividad intrínseca de la que la precedió, caracterizada por concebir a Uruguay como un techo demasiado bajo e impenetrable para realizar cualquier aspiración ambiciosa, una opresión que, además, se suponía tan inmutable como una maldición.”
    Véase: Curbelo, Gonzalo; “La generación desvelada”. En: la diaria, Sección Cultura, 8 de enero de 2010. En línea: “Posiblemente la clave de ese nuevo optimismo expansivo sea la de la concepción colectiva e integradora (…); es muy difícil ser un optimista individual sin compañeros de sueño que funcionen como espejos, entre otras cosas porque ese optimismo solitario se parece bastante a la locura. Especialmente para un uruguayo.” Véase: Curbelo, Gonzalo, ibídem.

    Fábrica de Paisaje: Ayerra, Castaings, Cobas, Gastambide, Pérez, Lanza