T.A.N.G.O. y disfrute en los baldíos del sur.
TRABAJO.
Rafael Viñoly cercano a sus sesenta años, escribía en un
articulo publicado en la revista Elarqa Nº 37 de Abril de
2001 : “Los jovenes lo saben más y mejor que nadie, y han
comenzado a corregir los errores de una generación que
entendió tardíamente que construir no es una forma de
corrupción sino la única manera de entender”
Es que la actitud para esta nueva generación es de trabajo
como practica vital, lúdica, instructiva y de
socialización.
El trabajo nunca es desestimado, ni por la escala, ni por
la complejidad, ni por el cliente, ni por el contexto.
Las oportunidades son escasas por lo que cada una de ellas
es valorada especialmente. En el sur los jóvenes trabajan
solos, o entregan toda su creatividad en estudios de otros
profesionales, trabajan en arquitectura, en diseño, en
gráfica, en arte o simplemente trabajan para sobrevivir. Se
forman trabajando y trabajan formándose.
Saben que hacer y aprender arquitectura es pensar y
trabajar en cualquiera de las múltiples manifestaciones que
el territorio de la estética tiene.
ANTIHEIROICIDAD.
La arquitectura no cambiará el mundo. Podrá a lo sumo, si
logra interactuar positivamente con su externalidad,
contribuir a mejorar las condiciones de vida de algunas
cuantas personas.
Los arquitectos que trabajan en los baldíos del sur tienen
una actitud diferente a la de los arquitectos
tradicionales, no pretenden ser héroes cambiar la
trayectoria social con sus obras, no son los “elegidos”
portadores de un mensaje de la sabiduría estética ni de “la
buena educación”. Se saben falibles aunque reconocen sin
embargo ser portadores de una serie de códigos, de
registros, de información acumulada, decantada a partir de
errores y aciertos que intentan poner, con humildad, al
servicio de sus ocasionales clientes a los que conciben más
como socios que como contraparte. Con ellos trabajan, no
sobre ellos, seduciendo, no imponiendo, desplegando
estrategias no prefijadas, adaptando y virando la acción
como respuesta a los estímulos del mundo exterior.
No hay resistencia ni sumisión, hay simplemente calma
búsqueda de lo nuevo a partir de las contradicciones y la
fricción.
NEGOCIACIÓN.
Los arquitectos que actúan en los baldíos del sur negocian
constantemente con su externalidad. Siempre hay alguien más
en la conversación, no pasan su vida frente al espejo
narcisista de la disciplina.
Negociar es un acto de humildad, supone siempre reconocer
al otro. Requiere el conocimiento cabal de las propias
fuerzas pero también y ante todo de los propios límites.
Negociar supone siempre sacrificar algo y ganar algo, por
eso es indispensable saber discernir que es lo que no
podemos perder.
La “negociación” no es la “participación”.
Hablar de dar “participación” al usuario desnuda la
arrogancia del arquitecto. No se trata de que el arquitecto
conceda generosamente “participación” a alguien en lo que
en realidad ya era suyo.
Todo lo contrario, más bien se trata de asumir que la
arquitectura y el urbanismo tienen como motor energías que
necesariamente son ajenas o a lo sumo compartidas.
Negociar significa entender a la arquitectura como un arte
diferente, además de técnico y estético, esencialmente
económico y político.
La negociación no es negociado, mucho menos transacción.
La negociación supone superar el autismo y el heroísmo
estéril, como única forma de constituirnos en agentes
generadores y promotores de los cambios.
Negociar significa intentar continuar y por eso es
enteramente digno.
GOCE.
Los arquitectos que actúan en los baldíos gozan
profundamente al hacerlo. El sólo hecho de proyectar,
pensar, construir y alterar unas condiciones
predeterminadas les provoca placer.
El goce es un estado del alma, por eso es democrático y
universal.
No requiere opulencia ni abundancia, sino predisposición a
sentirlo, es simplemente placer.
La arquitectura en los baldíos continúa guardando un
espacio para el goce.
Ya no la belleza eterna.
Ya no la perfección divina.
Ya no el equilibrio tranquilizante.
Sencillamente el goce.
El placer por el placer mismo. El placer de buscar en la
materia, el espacio, en la luz. El placer de construir, de
ser artífices de los lugares y las situaciones en los que
se entretejen las vidas. Lugares que sólo existen al ser
percibidos por alguien.
Exponer nuestros placeres es intentar provocarlos en el
otro.
OPTIMISMO.
El optimismo es una actitud vital. No es positivismo, ni
ingenuo voluntarismo. Es una predisposición favorable a
conocer lo que vendrá. No habla de que la historia avance
necesariamente en un sentido positivo, sino que tiene que
ver con pensar que, más allá de esto, cada uno construye
con mínimas decisiones su propia historia, microhistorias
de gentes, personas, arquitectos y arquitecturas cuyas
sumatorias delinean el sentido de las épocas y las
generaciones.
Para los arquitectos que actúan en los baldíos del sur el
optimismo es una actitud sencilla, humilde, de disfrute, de
íntimo sentimiento.
Arq. Marcelo Danza